SOBRE “LA IMPACIENCIA DEL CORAZÓN” DE STEFAN ZWEIG (Ferrán González)

por Ferrán González.-   Seguramente no les falta razón a quienes piensan que cada vez somos más insensibles al sufrimiento ajeno. Consternados por las desgracias del mundo, nuestra reacción inicial de compasión va decreciendo al paso de las horas, hasta casi extinguirse, dejando instalada en nuestra alma un poso de tristeza y desasosiego. Incluso las personas que están en permanente contacto con situaciones de sufrimiento, van agotando de forma rápida sus “reservas emocionales” como un necesario mecanismo de supervivencia.  Hoy leí por primera vez en un artículo de prensa la expresión “fatiga por compasión”. Los depósitos emocionales agotan sus últimas reservas de empatia cuando en nuestro trabajo cotidiano nos hallamos cerca de los que sufren.

Pero en nuestro ámbito más personal e íntimo, a veces el destino nos tiene reservada alguna circunstancia que pone a prueba nuestra compasión, nuestra sensibilidad al dolor ajeno y podemos descubrir en alguna región de nuestro corazón sentimientos que hasta entonces nos eran desconocidos.  Y es precisamente éste el tema central de la novela de Stefan Zweig: la compasión.

El teniente Hoffmiller, en los albores de la Gran Guerra, es invitado a una fiesta en la mansión de la acaudalada familia Kekesfalva. Allí conoce a Edith, la hija del señor Von Kekesfalva. Cometió el error de invitarla a bailar, desconociendo que era inválida.  Y es justo en ese instante cuando el joven teniente, de vida despreocupada, algo anodina y con un corazón casi sin vida, descubre sentimientos que jamás habia experimentado y se lanza, sin pensar, a apurar el cáliz de una compasión irrefrenable. Porque era compasión, y no otra cosa, lo que sentía por aquella criatura desvalida que soñaba con curarse.

Zweig, con lenguaje elegante, sensible y preciso, y con un profundo conocimiento de la naturaleza humana, nos va revelando el mundo interior del teniente, su forma de vivir y sentir la compasión por Edith, sus gestos de ternura hacia ella, sus continuas vacilaciones y temores, su vanidad.  Son tantos los elementos que entran en juego en los vaivenes del comportamiento del teniente Hoffmiller, que deviene un efectivo recurso literario que mantiene nuestra expectación hasta el final de la narración.

Y a esa forma de compasión se le aparece otra forma de concebirla a través del personaje del Doctor Condor, médico de la familia Kekesfalva, que siempre mantiene la esperanza de curar a la joven Edith. Porque para el Doctor la palabra “incurable” no debería  ser pronunciada por ningún médico. Y para apoyar esta idea, con hermoso tono poético, nos dice que por la misma razón, un poeta no puede limitarse “a repetir lo ya dicho, en vez de intentar domar con la palabra lo no dicho y aún lo indecible”, o un filósofo, no puede explicar “lo que ya se sabe desde hace tiempo, en vez de enfrentarse a lo desconocido, lo incognoscible”.  Las palabras del Doctor Condor cuando se refiere a las relaciones de médico y paciente en el curso de una enfermedad están repletas de significado, lucidez, pragmatismo y profunda humanidad.

La tesis central de la novela se halla en la afirmación de que hay dos clases de compasión : “Una, débil y sentimental, que en realidad solo es impaciencia del corazón para liberarse lo antes posible de la penosa emoción ante una desgracia ajena, es una compasión que no es exactamente compasión, sino una defensa instintiva del alma frente al dolor ajeno. Y la otra, la única que cuenta, es la compasión desprovista de lo sentimental, pero creativa, que sabe lo que quiere y está dispuesta a aguantar con paciencia y resignación hasta sus últimas fuerzas e incluso más allá. Sólo cuando uno llega hasta el final, hasta el final más extremo y amargo, sólo cuando uno tiene la gran paciencia, puede ayudar a los hombres. ¡Sólo cuando se sacrifica a si mismo, solo entonces!”.

El Doctor Condor es generoso y compasivo, pero realista y responsable. A diferencia del teniente Hoffmiller, él sí mide las consecuencias de sus actos. El comportamiento del teniente conduce a una situación insostenibe entre una joven que acaba revelandole su profundo amor y un hombre atemorizado, amado en contra de su propia voluntad.

No hay forma más sensible de explicar las vacilaciones del teniente que uno de los momentos de la narración en que éste posa su mano en el brazo de Edith. El simple gesto mitigó el llanto de la joven e hizo que le surgiera la duda: era ternura, amor o solo compasión?   Y cuando la joven acaricia la mano del teniente, y éste se debate  entre resistirse a la caricia o devolverla. Hay momentos de la narración en que uno siente su propio corazón encogido y al mismo tiempo, vislumbra ya en el horizonte un trágico final.

El lector de “La impaciencia del corazón” descubrirá a un joven teniente con debilidad del corazón, ansioso, inseguro y vacilante, incapaz de una compasión generosa hasta el final y con una gran dosis de vanidad.   A una joven inteligente, desesperada por su enfermedad, confundida e irritada por la actitud vacilante del teniente, pero al fin, amándolo apasionadamente.  Y el Doctor Condor, paradigma de una compasión generosa (Él mismo se casó con una paciente ciega a la que no pudo sanar) pero también realista,  que mantiene su compromiso hasta el final. Contrario a la peligrosa impaciencia y defensor del “método lento y más seguro de la paciencia”.

Al estallar la Gran Guerra, el Teniente, que finalmente se siente culpable del trágico final, experimenta una extraña sensación de liberación.  Al finalizar la contienda vuelve condecorado y convencido de que ya no quedaban testigos de su cobardia y fatal debilidad.  Pero ocurre algo inesperado. Y entonces se da cuenta de que “…ninguna culpa queda olvidada mientras la conciencia tenga conocimiento de ella”.

Podemos huir de todos menos de nosotros mismos.

 

 

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