Carlos Castilla del Pino (Paco González Fuentes)

Uno quisiera un mundo más apacible, más fraternal, un mundo habitado por hombres y mujeres de costumbres sobrias, preocupados por la verdad; uno quisiera que fueran ciertas las primeras palabras de la “Metafísica” de Aristóteles: “todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de saber”.

Carlos Castilla del Pino (1922-2009), en este sentido profundamente aristotélico, fue alguien que “muy tempranamente se trazó un proyecto y que, por todos los medios a su alcance, trató de llevarlo a cabo sin desviarse”.
Su proyecto, imaginado ya siendo un adolescente, su sueño cumplido,era dedicar su vida a la investigación y a la práctica clínica en el ámbito de la neuropsiquiatría.
Pero entendía, además, que “un hombre, independientemente de su profesión, debía ser un hombre culto, un hombre con una curiosidad por las distintas facetas del mundo”.
En su ingente obra abordó temas como la depresión, la culpa, la incomunicación, la sexualidad, el delirio y otros de caracter filosófico, político o literario.
Su “Teoría de los sentimientos” constituye una obra de referencia; en ella, con un lenguaje riguroso y claro, construye un corpus teórico, un mapa, un léxico, útiles para profanos y para profesionales de la psiquiatría.
Analiza en ese libro los espacios en que acontece la vida de toda persona -público, privado e íntimo-, la construcción por parte del sujeto de “personajes” adaptados a cada circunstancia o, dicho de otro modo, la unidad del sujeto y la multiplicidad de sus “yoes”, realiza una investigación en profundidad acerca de lo que los antiguos llamaban las pasiones del alma.
Para acercarnos a su personalidad, a su vida, disponemos de un libro fundamental, “Carlos Castilla del Pino, cinco conversaciones”.
Durante cinco sesiones, cinco encuentros con Anna Caballé, que ésta califica de inolvidables y que éste libro recoge, descubrimos a un hombre ordenado, metódico, afable, que tiene la costumbre de “deslizar el brazo por los hombros de la persona que le acompaña en el paseo”.
Ortega -dice- me enseñó a mirar y a admirar -algo, esto último, tan poco frecuente en nuestro país, apostilla Anna Caballé-, “no me estoy refiriendo -dice Carlos Castilla del Pino- al papanatismo del asombrado; creo que lo importante es saber que hay gente digna de ser admirada. Admirar es una cualidad que yo valoro mucho porque no solo es una cualidad del espíritu en el sentido de un reconocimiento, sino que es una virtud, una actitud moral. Si tú restringes conscientemente tu radio de admiración y te dices “no, no quiero admirar, voy a ver si le encuentro lo negativo que tiene”, perviertes tu juicio”.
Esa negatividad, esa restricción en el admirar “lo admirable” del otro es uno de los males que nos afectan
En uno de los capítulos de este libro extraordinario Carlos Castilla del Pino afirma que uno aprende de la propia vida, de lo que llamamos experiencia, también de la experiencia ajena… y de la literatura, “la literatura es una forma de conocimiento de la vida superior a la vida propia; uno aprende a no ser Emma Bobary o Raskolnikov o Ricardo III, o a ser Ana Karenina o Julián Sorel o quien sea”.
Fundamental también es su distinción entre los libros que forman intelectualmente y otros que te conforman, que esculpen tu ser, que llegan a ser parte de tu sustancia.
Uno quisiera encontrar en un Café a un hombre solitario que interrumpe su lectura o su escritura y te invita a su mesa, te invita a conversar acerca de la vida, de lo que fue, de lo que es, de lo soñado.
Lo más parecido a esa experiencia, a ese acontecimiento, es leer este libro.

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