LA SUPLANTACIÓN (Paco González Fuentes)

En la sala azul del Shelton conocí a un hombre que, como yo entonces, padecía insomnio.

Ocupaba siempre el mismo lugar, una mesa junto al  ventanal; sucedía siempre que, muy temprano, durante unos minutos, estaba muy pendiente de algo que ocurría fuera, en la calle. Durante ese tiempo parecía un ser en trance; después “regresaba”, me saludaba, pedía un café y conversábamos.

Su calidez, su cultura literaria y el misterio de su trance diario me atraparon inmediatamente.

Él me descubrió “La novela luminosa”, el libro de Mario Levrero.

Solo la lluvia minaba su serenidad, quebraba su voz y caía, entonces –esos días lluviosos- en un desaliento silencioso.

-La señora no sale cuando llueve –me dijo.

 Citó a Carlos Skliar, un filósofo argentino, para introducirme en el asunto. “Hay vidas cuya gravedad no se encuentra en lo que se despliega hacia delante, sino en todo aquello que se contiene hacia atrás, lo que estuvo”.

-Desde hace mucho tiempo no falto nunca a la cita, ni un solo día. Ella abre la puerta de su casa todas las mañanas a la misma hora, muy temprano, y con   esmero insuperable, religioso –permítame la palabra- limpia su ventana, su puerta, la acera; en algún momento de esa danza     –créame,  sus movimientos son los de una diosa-,  suena nuestra música, el adagio para cuerdas de Samuel Barber-; en algún momento de ese acontecimiento ella me habla con la mirada, me dice “no fue posible” y roza mis dedos y así, de ese modo, vivimos nuestra felicidad posible  -me explicó.

 

Un hombre, una mujer, dos sombras, mirándose todas las madrugadas, separados por una calle, por los cristales del ventanal de un Café y por un abismo antiguo que desconozco, del que nada sé salvo cuatro palabras que me dijo otra noche –“maldita guerra, maldito exilio”- y tras las que formuló la petición:

        En nombre de la fraternidad litería e insomne que nos une quiero pedirle algo, que me sustituya, que ocupe mi lugar. La señora no debe notar mi ausencia.

No me precisó el lugar, la duración, ni detalle alguno de la circunstancia que reclamaba su presencia y que le obligaba –por vez primera- a ausentarse.

        Ella no debe notarlo –imploró.

        Seré usted –le prometí.

 Nos abrazamos, hubo celebración; un concierto de gatos celando en la azotea se incorporó  a la fiesta.

Aprendí sus gestos, me transformé.

No regresó. Era hermosa su voz, como la penumbra que antecede al alba.

 

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