Los lugares de la fascinación (Ferran Gonzalez)

Casi todos recordamos aquellos momentos de nuestra infancia en que nos disponíamos a escuchar, poco antes de dormir, un cuento o narración que tenían la virtud de hacernos viajar hacia los lugares de la fascinación.Ya de adultos, nos acercamos a la literatura porque la necesitamos como compañera de viaje, para nuestro deleite, para buscar en los otros lo que nosotros no podemos dar, porque necesitamos anhelar y seguir soñando, porque la literatura nombra las cosas y el mundo y aborda los problemas e interrogantes de nuestra existencia. Pero quizás tambien, sin ser muy conscientes de ello, porque pretendemos recuperar aquella fascinación infantil que sentíamos cuando nos contaban aquella historia que venía de lugares lejanos.Decía Walter Benjamin, en su “Ensayo sobre el narrador”, que había dos tipos de contadores de historias: el “campesino sedentario” y el “marino mercante”.El campesino va almacenando vivencias, secretos y todo aquello digno de ser recordado en la memoria de un pueblo, y lo trae al presente. El marino, en cambio, viene de lejos y nos trae noticias de otros mundos. Pero ambos, aunque hablen de lejanías, una temporal y otra espacial, nos narran sus experiencias propias o las transmitidas, con el propósito de que se transformen en experiencias de los demás.Todos queremos escuchar estas historias. Tan sólo por placer? Probablemente, como dice Gustavo Martin Garzo, tambien por un anhelo de conocimiento. El que narra tiene algo que enseñar al que escucha. Siempre esperamos recibir de los demás aquello que nos completa. Me encanta cuando Gustavo Martin Garzo habla del narrador como un “mercader de lo desconocido” que no puede defraudar a quien acude a él. Esto nos lleva a una reflexión interesante acerca de qué es lo que más nos acerca unos a otros. Quizas lo que más nos acerca no son las identidades que encontramos entre nosotros, sino precisamente las diferencias. Buscamos, como lectores, lo que no tenemos, lo que no somos capaces de ofrecer.En este punto, con el propósito de llevaros a los lugares de la fascinación, quiero explicaros una breve historia. Cuando la leí, me conmovió.Es una historia que le habia sucedido a Carlos Casares en uno de sus viajes a Madrid. Dice así:

“Conduce aburrido su coche y se detiene a recoger a un autostopista. Resulta ser un hombre sumamente cordial y un gran conversador. El viaje transcurre a partir de entonces sin sentirse, hasta que un guardia de tráfico les da el alto. Han sobrepasado la velocidad permitida y se dispone a ponerles una multa. Carlos Casares trata de evitarla recurriendo a todos sus recursos de seducción, pero éstos resultan inútiles y, finalmente, el guardia formaliza la temible multa. Reanuda el viaje, sólo que se ha roto el encanto de la conversación, y apenas vuelven a hablar por esta causa. Por fin llegan a Madrid; Carlos Casares detiene su coche y sale a despedirse de su acompañante, éste le agradece su generosidad y le entrega una tarjeta en la que, junto a su nombre y, en el lugar destinado a la profesión, aparece la palabra “carterista”. Sorprendido por la insólita profesión, Carlos Casares no puede evitar llevarse la mano a su costado para comprobar si su cartera continúa en el bolsillo de su chaqueta. Sí que continúa, pero el gesto resulta demasiado ostensible y su acompañante se da cuenta. Carlos Casares trata de disculparse, pero éste no le deja hacerlo. “No tiene importancia”, le dice. Él es ciertamente un carterista, como reza la tarjeta, pero jamás habría empleado sus habilidades con él. Le ha recogido en su coche, le ha llevado amablemente hasta su casa y las leyes de esa iniciada amistad hacen imposible que aproveche la ocasión para robarle. “Es más- añade-, quiero hacerle un regalo”. Entonces, se mete la mano en el bolso y, para su sorpresa, la entrega la libreta en la que el guardia ha anotado sus datos para ponerle aquella multa”

Esta breve historia, imaginativa y con sorprendente final no sólo nos hace sonreír sino que además nos conmueve por los valores que contiene: la necesidad de la justicia, la necesidad de confiar en los seres humanos y la recompensa que siempre tiene la generosidad. Carlos Casares se conformaba con que la literatura nos acompañara y nos ayudara a vivir. En este mundo cargado de información y huérfano de historias memorables, la historia del carterista amable me ha devuelto por un instante a los lugares de la fascinación.

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