LLUVIA (Paco González Fuentes)

La oscuridad del cielo presagiaba que la tormenta sería larga. El aguacero me sorprendió lejos de la ciudad y me interné en las calles vacías del antiguo poblado ferroviario, entré en la cantina, el último resto de esa ruina.  Abandonarla mientras lloviera era un despropósito. Cuando el agua aparece así, ventosa, inclemente, solo cabe esperar. La lluvia me retuvo en ese lugar.

 Un hombre, acodado en la barra, me habló sin mirarme.

– Aquí se detenían los trenes que procedentes del norte o en dirección a él atravesaban la península. Floreció un cierto comercio, se habilitó un aula para los niños. Las muchachas, provistas de grandes cántaros, ofrecían agua a los viajeros fatigados, sedientos.

Me explico que él, harto  del siglo, de su velocidad, de su furia, se  vino  a este desierto, deshabitado, a este mundo caído, lento.

Desertó de una fábrica, de una cadena de montaje., de una ciudad poco hospitalaria.

-Ya no se detienen los trenes, ya nadie recorre estas calles, nadie se ocupa de los huertos, nadie encala las fachadas –me dijo.

Me acerqué a la ventana. Había anochecido.  Seguía lloviendo. Imaginé que llovería meses, años enteros, que lo haría de un modo torrencial. El deseo de una lluvia, salvaje, arcaica, interminable, se instaló en mi conciencia.

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