DE NO SÉ QUÉ LUGAR (Paco González Fuentes)

 Aquella noche  los astros refulgían inhabitualmente. Interrumpí la lectura de un cuento de Ribeyro y me interné en las callejuelas del barrio gótico, en su vibración, en su atmósfera.

Tomé una copa de vino chileno en una pequeña taberna cuyo interior ruidoso me reconcilió con la física del mundo.

En los soportales de una plaza escasamente iluminada  unos músicos interpretaban una reconocible pieza de Piazzola.

Apoyada en una de las columnas una muchacha  escuchaba esa música alzando de vez en cuando la vista para contemplar el cielo.

“Hay que beberse noches así”, me diría después.

“Beberse la inmensidad”, apostillé.

Me habló de un local nocturno, una galería de arte en la que  exponían fotografías de Antoni Arissa. “De las ruinas de un tiempo trágico, esperanzado, fértil, sobreviven maravillas como las fotografías de un hombre que capturaba sombras”, leí en el catálogo que me mostró.

Anduvimos juntos hasta el lugar por calles encharcadas de la lluvia del día anterior.

Tras visitar la exposición –fascinados ambos por una de las fotografías, la titulada “El perseguido”- me propuso adquirir una copia de la misma, una sola. Cada uno la tendría tres años en su poder.  Pasado ese tiempo  nos veríamos en la misma plaza, el mismo día del calendario, a la misma hora.

La mañana despertaba lentamente; la calma resistía todavía el tímido avance del ajetreo cotidiano.

La vi alejarse. Una muchacha sin nombre, de no sé qué lugar.

 

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