La llamada (Paco González Fuentes)

Anduve todo el día por la ciudad algo perdido, no acudí a la oficina.
Al anochecer, el sonido de la puerta de la casa, al cerrarse, me reconcilió con mi ser esencial.
Escuché las “Bachianas” de Villalobos. Después leí algo de Ribeyro. Escribí. Contemplé la noche, los astros, su claridad, asomado a la ventana.
Ya en la madrugada conecté el aparato. Durante dos horas podía recibir llamadas de desconocidos, de algún ser acaso más desesperado que yo –quién mide eso-, de alguien que necesitara hablar. Atendía eso que llaman “el teléfono de la esperanza”.
Había noches silenciosas, sin llamadas. La desesperación, la soledad, no son siempre discursivas.
“Me llamo Amanda”, dijo una voz. Parecía una anciana. Solo quería que la nombraran.
-Amanda –la nombré.
Rompí el protocolo cuando le propuse un café.
“Yo también necesito que me nombre; verla mientras lo hace”, le dije, le imploré.

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